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May, 2017

“Una cultura cívica” – El Líbero

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Columna de opinión de Julio Isamit en El Líbero.

Para nadie es un secreto que el clima de convivencia ciudadana se ha empobrecido en Chile. El intento de agresión al precandidato presidencial Felipe Kast es sólo la guinda de la torta de un proceso de descomposición que se arrastra desde hace varios años. La lógica de la retroexcavadora de los cimientos del modelo social y económico, la retórica sobre “los poderosos de siempre”, así como los desmesurados y difamatorios ataques personales que abundan en redes sociales, configuran un penoso panorama político en nuestro país.

Frente a esto se manifiesta la urgencia de desarrollar una verdadera cultura cívica, que potencie el respeto a la dignidad de cada ser humano, promueva una sociedad de derechos y deberes, y fomente la participación de los ciudadanos en el desarrollo y progreso de su comunidad.

Precisamente por su amplitud e integralidad, es necesario distinguirla de la educación cívica, en cuanto mera asignatura de clases, puesto que su extensión abarca el rol de las familias, los gobernantes, las instituciones de educación, la sociedad civil y, por cierto, el propio compromiso personal.

Las familias juegan un rol fundamental en la formación de los ciudadanos. En una frase que se adjudica a Chesterton, el famoso polemista inglés, se destaca que “el lugar donde nacen los niños y mueren los hombres, donde la libertad y el amor florecen, no es una oficina ni un comercio ni una fábrica. Ahí veo yo la importancia de la familia”. Es en el núcleo del orden social y de la vida en comunidad donde los hombres somos queridos y valorados por quienes somos y no por lo que tenemos, es ahí donde se deberían inculcar las nociones básicas del bien y del mal, de cómo comportarnos en sociedad y el respeto que se le debe a los demás.

Por su parte, los gobernantes tienen un importante rol ejemplificador en materia de cultura cívica. Ellos no sólo ponen las reglas del juego a través de las leyes y las políticas públicas, sino que a través de sus actos personales pueden dar vida y hacer realidad lo que antes han prometido.

Para que esto produzca efecto se requiere de modelos creíbles, cercanos y sencillos. Esto no necesariamente implica ejemplos mediocres, sino muy por el contrario, modelos exigentes. No por nada Juan Pablo II proclamó como patrono de los políticos y gobernantes a Tomás Moro, un político que llevó una existencia honorable, de destacado profesionalismo y vida familiar, que terminó coronada con el martirio por negarse a renunciar a sus valores y principios.

En tercer lugar, las instituciones de la sociedad civil, principalmente las educativas, deben ser un espacio de encuentro donde personas que vienen de mundos distintos o de ambientes profesionales diversos puedan relacionarse de manera respetuosa. En este sentido, se hace especialmente valioso incentivar el desarrollo de iniciativas comunitarias como una de las mayores expresiones de la solidaridad y que fomenta la cohesión social.

Por último, el compromiso personal es de especial relevancia para enfrentar los desafíos cívicos que presenta la situación actual. Desde las propias lecturas, el estudio y la formación profesional así como el cuidado de las relaciones interpersonales, se puede hacer un gran aporte para el cultivo de una cultura democrática en nuestro país, la que, por desgracia, hoy está en juego.